...Si se prescinde de las maneras
vagas de «estar enfermo de los nervios» y se consideran las genuinas formas
de enfermedad nerviosa, el influjo nocivo de la cultura se reduce en lo
esencial a la dañina sofocación de la vida sexual de los pueblos (o estratos)
de cultura por obra de la moral sexual «cultural» que en ellos impera...
Con referencia a esta historia de desarrollo de la pulsión sexual podrían diferenciarse, pues,
tres estadios culturales: un primer estadio en que al quehacer de la pulsión
sexual le son por completo ajenas las metas de la reproducción; un segundo
estadio en que de la pulsión sexual es sofocado todo salvo lo que sirve a la
reproducción, y un tercero en que sólo se admite como meta sexual la
reproducción legítima. Este tercer estadio corresponde a nuestra moral sexual «cultural» del
presente....
. Lo que nuestro tercer estadio de cultura
exige del individuo es la abstinencia hasta el matrimonio para ambos sexos, y
la abstinencia durante toda la vida para todos aquellos que no hayan contraído
matrimonio legítimo...
Ahora abordemos el problema de saber si el comercio
sexual dentro del matrimonio legítimo es capaz de
brindar un resarcimiento pleno por la limitación anterior a él. El material que
lleva a responder esta pregunta por la negativa es tan abundante que nos
dispensa de una formulación extensa. Recordemos, sobre todo, que nuestra moral
sexual cultural limita el comercio sexual aun dentro del matrimonio mismo, pues
impone a los cónyuges la compulsión de contentarse con un número de hijos las
más de las veces muy pequeño. A consecuencia de este miramiento, durante unos
años, únicamente, existe dentro del matrimonio un comercio sexual satisfactorio
(deducidos, desde luego, los períodos en que la esposa está vedada por razones
higiénicas). Pasados esos tres, cuatro o cinco años, el matrimonio fracasa en
cuanto a su promesa de satisfacer las necesidades sexuales; en efecto, todos
los recursos de que hasta hoy se dispone para prevenir la concepción mutilan el
goce sexual, perjudican la sensibilidad más fina de las dos partes o aun
ejercen un directo efecto patógeno; con la angustia ante las consecuencias del
comercio sexual desaparece, primero, la mutua ternura corporal de los esposos,
y luego, las más de las veces, la simpatía anímica que estaba destinada a
recoger la herencia de la pasión tormentosa de los comienzos. Bajo la desilusión
anímica y la privación corporal, que así pasan a ser el destino de la mayoría
de los matrimonios, ambas partes
se ven devueltas, sólo que con una ilusión menos, al estado en que se
encontraban antes de contraerlo: se ven obligadas a
perseverar en el dominio y el desvío de la pulsión sexual....
. .......En las actuales condiciones de cultura, el matrimonio hace tiempo
que ha dejado de ser la panacea para el sufrimiento neurótico de la mujer; y si
nosotros, los médicos, seguimos aconsejándolo en tales casos, sabemos empero
que, al contrario, una muchacha tiene que ser muy sana para «sobrellevarlo», y
en cuanto a nuestros clientes varones, los disuadimos con energía de tomar por
esposa a una muchacha que fue neurótica ya antes del matrimonio. El remedio para
la nerviosidad nacida de este último sería más bien la infidelidad conyugal.
El rigor del reclamo cultural y
la dificultad de la tarea de abstinencia se han
conjugado para que evitar la unión de los genitales de sexo diferente se
convirtiera en el núcleo de esa tarea y para favorecer otras modalidades de
quehacer sexual que equivalen, por así decir, a una semiobediencia. Desde que el
comercio sexual normal es perseguido de manera tan
implacable por la moral -y, a causa de
las posibilidades de infección, también por la higiene-, sin ninguna duda ha
aumentado la significación social de las modalidades
llamadas perversas del comercio entre ambos sexos,
en las cuales otras partes del cuerpo asumen el papel de los genitales.
Agreguemos, todavía, que al limitarse el
quehacer sexual en un pueblo sobreviene, en términos generales, un aumento de
la medrosidad ante la vida y de la angustia ante la muerte, que perturba la
capacidad de goce de los individuos y cancela su disposición a aceptar la
muerte en aras de ciertas metas. Ello se exteriorizará en la menor inclinación
a concebir hijos, y excluirá a este pueblo o grupo de hombres de una
participación en el futuro. Así, es lícito
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